Discruso Dr. Taquini en el Encuentro Caritas in Veritate y Globalización

GLOBALIZACIÓN Y PERSONA

por Dr. Alberto C. Taquini hijo

Eminencia Reverendísima, queridos amigos:

Empezamos este encuentro, Caritas in Veritate y Globalización, llenos de agradecimientos al Santo Padre porque con su Encíclica motivó las reflexiones que nos trajeron hasta aquí y además porque nos ha hecho llegar por vía del Señor Nuncio su “Bendición Apostólica” en la que nos manifiesta su “vivo aprecio”, sus “fervientes votos para que esas jornadas de estudio contribuyan a orientar en la consideración de los problemas políticos, sociales, económicos y espirituales de nuestra época” en la que también “ruega por medio de la Santísima Virgen María, haga fecundas y exitosas dichas deliberaciones.”

Tengo para mí que para ello ha influido una consideración y respeto a la participación de su Eminencia Reverendísima el Cardenal Karlic, que durante tanto tiempo trabajó con él en la redacción del Catecismo de la Iglesia, y a quien Benedicto XVI creó Príncipe de la Iglesia.

Nosotros tenemos que agradecer la participación del Cardenal Karlic en esta reunión de la que saldremos enriquecidos.

Nos hemos reunido y estamos construyendo un grupo de reflexión que, si produce frutos, deberá ser ampliado y generar una habitualidad de trabajo para contribuir a establecer un puente entre los aspectos teológicos y filosóficos de la Globalización de la Persona con aquellos que emergen de la Doctrina Social de la Iglesia y las realidades complejas de un mundo policultural.

Los indicadores político sociales y económicos que caracterizan la actual percepción de la globalización tienen una dinámica de interacción cultural rápida y vencen las barreras débiles de la pobreza y el subdesarrollo, en cambio las raíces culturales profundas que incluyen a las religiones tienen una inercia muchísimo mayor, por lo que su estudio y análisis contribuirá a zanjar diferencias.

La fe fue la fuente predominante de la cultura, pretendió ser sustituida por la razón. Hoy se comienza a reflexionar sobre la integración de ambas y ante las falencias de la modernidad se abre la potencia del amor veraz universal.

Permítanme desarrollar el itinerario que, desde hace muchos años, me impulsa a creer que la Globalización es una cuestión insita a la condición de Persona y que, por lo tanto, esa visión supera la lectura incompleta que tenemos sobre la Globalización.

La explosión de las comunicaciones por la radio y la televisión, ahora incrementadas exponencialmente por Internet, permiten al hombre actualizarse al instante de lo que esta ocurriendo minuto a minuto en el mundo entero y lo hace participe no solo de su contorno inmediato sino de su entorno mundial.

“El hombre así informado vive, participa de lo que vive el hombre a distancia. El tiempo y el espacio van cambiando de significado, y el hombre con la información tiende a tornarse omnipresente en su mundo; va poco a poco escapando de la orbita limitada de su problemática local, regional o nacional para participar en la mundial; adquiere poco a poco una cosmo visión. Se globaliza.”

Adquiere conciencia de los extremos del desarrollo y subdesarrollo.

“Entre ambos polos el ideal y el real circunstancial de cada uno, se dan las posibilidades. El hombre informado participa de ambas imágenes y compara; llega a conclusiones; establece juicios de valor; ese hombre, incorporado al sistema global por la información, aporta su energía vital a este sistema al participar de él y esa imagen puede producirse en adaptación si es que se dan las condiciones de adecuación o en reacción ante el mismo sino.”

“En este juego de posiciones relativas las aspiraciones y las posibilidades individuales o de grupos van generando tensiones a medida que el sistema global va desarrollándose, en función de que los individuos y los grupos van siendo rápidamente informados de tales progresos.”

“De esta tensión surgen movimientos de protesta y expresiones violentas o no que expresan su repudio a un sistema que va deshumanizándose porque, justamente con el alto desarrollo logrado, no experimentaron un cambio suficientemente marcado como para asegurar la vigencia de una real justicia distributiva y el real respeto por la dignidad del hombre definida por sus derechos universales.”

“La Globalización demanda la responsabilidad de desarrollar en el hombre un profundo sentido ético que, haciéndole respetar sus valores particulares, le lleve a respetar contemporáneamente los valores de la universalidad del hombre, de su globalización definidos, entre otros documentos históricos y doctrinas, por la Carta de las Naciones Unidas en su declaración Universal de los Derechos Humanos firmado en 1948 por la casi totalidad de las Naciones del mundo.”

“El sujeto que encarna los Derechos Humanos postulado por dicha Declaración, es el hombre como sujeto individual y perteneciente a una comunidad universal: la humanidad.”

“Los Derechos Humanos son supranacionales en cuanto hacen a la esencia de la persona humana y a su trascendencia, independientemente de su sujeción a las normas particulares de una nacionalidad.”

Esta concepción es de profunda raigambre occidental y cristiana y su vigencia significa un aporte cultural fundamental al proceso integral de la Globalización.

La escala de valores que rija en una nueva era será distinta de la actual, porque la circunstancia será distinta; debe apuntar al respeto de la universalidad del hombre, si se quiere lograr una coexistencia justa y pacifica en un mundo sumamente diferenciado.” 1

La globalización es un fenómeno impulsado por occidente, que con menos de la tercera parte de la población, lo ha transferido al mundo. África con el 11% de la población mundial y Asia con el 59%, la incorporan a sus culturas y a su visión. Nosotros cotejamos nuestras imperfecciones con muchos de sus valores.

Globalización y Persona: el sentido de una globalización personalista

La globalización ha sido encarada desde diversas perspectivas, teniendo en cuenta las múltiples dimensiones que el fenómeno ofrece. Así, ha sido enfocado a partir de una orientación económica, política, social, cultural, tecnológica, ambiental, e incluso, desde su fenómeno contrario, que es la fragmentación.

Nosotros esbozamos otra línea de interpretación que queremos someter a discusión. Nuestro enfoque tiene como eje orientador el concepto de persona, por lo cual es necesario pensar la cuestión de la globalización desde una perspectiva filosófica e incluso teológica que la fundamente.

En efecto, la globalización es un proceso histórico, que se acelera y expresa por la tecnología. Pero la pregunta pendiente es si se trata de un acontecer cultural o si responde a la naturaleza humana, en cuyo caso la tecnología solo operaría como instrumento para facilitar esa realización. ¿Es la globalización entonces un fenómeno puramente social producido por la creciente interconexión de economías y culturas, o se trata de una etapa natural en el desarrollo histórico del hombre?

En otras palabras, es preciso saber si estamos ante una moda o epifenómeno de la tecnología, o bien ante una condición de la índole humana misma. Para ello es necesario apelar a la idea de hombre como persona.

Todos conocemos el origen griego de la palabra persona, entendida como “máscara” desde la cual el actor del drama del teatro griego, daba vida al “personaje”. También sabemos que los griegos no tuvieron, sin embargo, una idea cabal de lo que es ser persona y que sólo el Cristianismo dio a este concepto toda la profundidad y el sentido de su contenido. Para el griego el hombre es un ser básicamente natural, una parte –eminente y central, pero parte al fin- del cosmos o totalidad natural. La mayoría de los antiguos entendieron al alma, aún a
la humana, en un sentido mucho más “cosmológico” que los pensadores cristianos posteriores.

Para el Cristianismo, el hombre es, claro está, también naturaleza, pero una naturaleza de un tipo especial, esencialmente diferente de la naturaleza de los otros seres. Si bien el hombre forma parte del cosmos, lo trasciende completamente en virtud de una potencia interior de la que está dotado que es el “espíritu”. Así, con el Cristianismo llega el occidente al concepto cabal de persona. En efecto, la revelación cristiana presenta al ser humano concebido como imagen de Dios (Gén. 1,26), lo cual fundamenta la sacralidad de cada individuo por encima de las restantes criaturas y del curso de general de la naturaleza. Pero, por otro lado, esta misma imagen divina impresa en su naturaleza implica la posesión de un espíritu mediante el cual el hombre es capaz de abrirse a todo el orden del ser tanto del mundo como de los demás hombres y de Dios mismo. De esta manera, la persona, en virtud de ser creada a imagen de Dios es irrepetiblemente individual y, al mismo tiempo, abierta a través del espíritu a la totalidad y universalidad de la realidad. Por lo demás, es precisamente en esta vocación por el ser como totalidad que es, en definitiva, vocación por Dios, como la persona humana está llamada a encontrar su realización y plenitud.

En este sentido, en la dimensión creatural del hombre como imagen divina ya está contenida no sólo en su vocación religiosa, sino también en su vocación social.

En efecto, la idea metafísica de persona implica ciertamente la substancialidad individual pero también el carácter relacional del hombre que le indica que su vocación está en el encuentro con el Otro y también en el encuentro con los otros seres humanos.

Asimismo estas ideas, hallan su plenitud en las verdades estrictamente sobrenaturales que conocemos desde la Fe y que se estudian desde una perspectiva teológica. Nos referimos, evidentemente, al misterio de la Santísima Trinidad el cual nos ilumina no sólo sobre la naturaleza de Dios sino también sobre la naturaleza del hombre. En efecto, Dios nos revela que su Ser mismo es de naturaleza comunitaria, que la naturaleza divina misma es un darse eterno entre el Hijo y el Padre en el Espíritu Santo. Esta particular sociedad que posibilita el misterio de la Unidad absoluta de las Personas divinas sin pérdida de sus diferencias, nos revela nada menos que el misterio de Dios como Amor (1 Jn. 4, 8), pero también el misterio del hombre.

En efecto, el hombre, aún no pudiendo nunca identificarse totalmente con este Amor divino, está llamado, sin embargo, a participar de esa comunidad de amor por mediación de Cristo y por intercesión del Espíritu Santo De ahí que el mandato de sociabilidad impreso en nuestra naturaleza halla su culminación en el mandamiento del amor, vocación fundamental del cristiano. Por otra parte para los cristianos el destino último del hombre concluye con la Comunión de los Santos, en la cual, como dice San Pablo, Dios será todo en todos (1 Cor. 15, 28): los salvados serán Uno en el amor de Dios sin perder sus individualidades.

La vida es una constante tensión entre su presente y su futuro. De allí que se aspira a la convergencia del género humano, unión que no se obtendrá, ni por el camino del individualismo que ignora al prójimo, ni por el camino del colectivismo que elimina las individualidades, sino por la vía del amor veraz que permite la unión de los hombres respetando sus diferencias.

Ahora bien, creo que debemos llamar Globalización a este proceso de convergencia por el que los hombres, en virtud de su carácter personal y de su vocación de amor a todos los hombres, van llegando a formar una amplia “sociedad de sociedades.” Precisamente la comunión de los santos proclamada en el credo de Nicea del siglo IV, contiene este llamado de los cristianos a la globalización.

De este modo el proceso de globalización, partiendo de la persona como ser único e irrepetible que actúa con libertad y abriéndose a la dimensión trascendente, puede ser entendido como una convergencia progresiva hacia el encuentro entre los hombres, análogo -aunque de naturaleza infinitamente más imperfecta- a la que esperamos como cristianos en el fin de los tiempos.

En esta convergencia progresiva juegan los medios sociales, políticos, económicos y técnicos que permiten cumplir con el mandato bíblico de trabajar y cuidar la tierra (Gén. 2, 15). De este modo, el hombre incorpora en el proceso de encuentro universal al que está llamado, el esfuerzo de su trabajo por el cual potencia la obra de Dios. En este sentido son hoy sostenibles algunas ideas de Teilhard de Chardin para quien el hombre interviene desde la libertad en el proceso evolutivo del universo, modificando su naturaleza por medio de sus realizaciones personales y sociales, e integrándolo en la unidad de todo el género humano.

Ahora bien, creemos que para que esta integración, tanto de los hombres entre sí en la unidad del género humano, como de los medios políticos, económicos y tecnológicos, sea legítima y auténtica, no debe eliminar las diferencias, es decir, debe respetar las singularidades. Por otro lado, los instrumentos de esta convergencia como el trabajo, el conocimiento, la información, la comunicación, la educación, la ciencia, la tecnología, la economía, son válidos siempre y cuando se rijan por principios éticos, es decir, siempre que presenten como objetivo final el respeto y la realización de la persona, entendida ontológica y psicológicamente.

Ante todo, una globalización en sentido personalista y cristiano se basa en la reafirmación de la individualidad de cada hombre que reconoce su ser personal propio asumiendo todas sus limitaciones. Es decir: conociéndose, llegando a la
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verdad última de la existencia, el hombre diseña el propio camino de realización y perfeccionamiento, dentro de los límites e imperfecciones de la persona y procura desde su ser, proyectarse a sus hermanos, copartícipes de la maravillosa tarea de la realización humana.

Globalizar al hombre desde su individualidad implica entonces conocerlo, admitir sus limitaciones, abarcar toda su vida racional y psicológica y también creer en su trascendencia, superando así el tiempo y el espacio para atravesar el futuro incierto y último de la muerte.

La globalización nace en el interior del hombre que se busca a sí mismo, llega al yo interior y solo entonces se proyecta. Desde su entorno inmediato que es su familia, el hombre se abre a su pueblo, a su cultura y desde allí a todos sus congéneres, para construir el mundo y sentir su unidad con ellos.

Pero el hombre es también un ser en relación a lo Absoluto. Así, globalizar al hombre no puede nunca significar negar este Absoluto o intentar reemplazarlo con una concepción de la globalización puramente terrenal que es en el fondo un falso absoluto. La globalización debe estar entonces abierta a la dimensión divina pero no podrá nunca ser divinizada. La globalización entendida como utopía pseudo-divina obscurece la naturaleza humana y distorsiona las relaciones entre los hombres: las personas dejan de ser un fin en sí mismas y se transforman en meros medios inmolados a esta falsa divinidad. Por el contrario, cuando la globalización conserva sus límites y se abre a una concepción auténtica de Dios, las relaciones humanas y los medios técnico-económicos que en ella se dan, pueden dar frutos de justicia y amor.

Esta doble dimensión individual y universal del hombre contenida en la idea de persona puede llevar a diversos caminos de destrucción o de plenitud. El camino de destrucción está en el encierro enfermizo en los límites asfixiantes del egoísmo del que nace el sueño totalitario y la falsa universalidad de la absorción de los otros bajo el yugo del propio dominio. El camino de plenitud está en la afirmación plena de la propia identidad que se abre desde su abundancia a la justicia y el amor hacia los otros. La globalización, como proceso social originado en esta dualidad dramática de la persona, convoca, análogamente, los mismos sentimientos encontrados de miedo y esperanza que caracterizan a toda realización humana. 2

Por lo antedicho es bueno que aquí analicemos, a la luz de Caritas in Veritate, el desafío de la globalización (mundialización, universalización) bajo la impronta de nuestra cultura, (catolicidad y misión), a partir de la aceptación de que el concepto de globalización supera el enfoque restrictivo que le dan actualmente la vida económica, tecnológica o política y que él es absorbido por la condición de Persona, su socialización progresiva desde la familia a toda la humanidad, involucrando al universo.

Bibliografía:
1 Nuevas Universidades para un Nuevo País, Capitulo 9, Pág. 159 a 175- Taquini A. C. (h) y Col., Editorial Estrada, 1972.
2 Huerta Grande III- Taquini A. C. (h)
3 Antropología Filosófica Insistencial de Ismael Quiles- Editorial De Palma, Bs. As., 1978.
4 Persona Humana y Globalización _ENDUC IV- Mons. Ponferrada G E., Palacios A. y Taquini A. C. (h) http://www.enduc.org.ar/enduc4/trabajos/t147-c15.pdf 5 Agradezco al Dr. Carlos Hoevel su colaboración.
Encuentro Caritas in Veritate 28, 29 y 30 de Mayo de 2010 Casa María Auxiliadora San Miguel

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